Ya no la quiero,
es cierto pero tal vez la quiero
Es tan corto el amor y es tan largo el olvido.
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido,
aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos, los últimos versos que yo le escribo.

Influencia

La poesía no es algo con lo que se pueda nacer o no nacer al igual que el pelo rubio o los ojos negros. La poesía es algo que nace SIEMPRE dentro de cada persona. Algunos la mantienen toda la vida en un rincón oscuro de su corazón, prisionera de sus ideas, otros, en cambio, consiguen que florezca y desprenda ese perfume que puede llegar a influir en la vida de quienes la leen.

Cada autor puede ejercer mucha influencia sobre sus lectores (quizá futuros autores).

Sin duda, gran parte de la formación poética que formó a García Lorca se debe a las influencias que recibió de otros autores también muy importantes.

Coloquémonos a finales de 1917, en Viejo   sátiro aparece un "hombrecillo encorvado de cabellos de plata" que, a pesar de su edad avanzada y de vivir en la miseria, seguirá soñando hasta la muerte, "peregrino sediento de labios imposibles", con la "locura del sexo". En otro poema hay una evocación igualmente deprimente de Beethoveen. Pierrot, abandonado por Colombina, aparece en varias composiciones, a veces identificadas explícitamente por el poeta. En Elegía Lorca augura una vida sin amor a una joven granadina espiada por él y sus amigos. Juana la Loca, a quien dedica otra elegía, es víctima del apasionado amor no correspondido que profesa a su marido, Felipe el Hermoso. Estos y parecidos personajes que aparecen en la juvenilia son los prototipos de una larga hilera de seres lorquianos para quienes la búsqueda del amor, siempre frustrado, constituirá la principal fuerza impulsora de su vida.

Contra las negras sombras que amenazarán con hundirle en la más profunda desesperación, el Lorca joven afirma su voluntad de aplicar contra viento y marea el programa vital que se ha diseñado para combatirlas, expuesto en el prólogo de Impresiones y paisajes:

"Es imprescindible ser uno y ser mil para sentir las cosas en todos sus matices. Hay que ser religioso y profano. Reunir el misticismo de una severa catedral gótica con la maravilla de la Grecia pagana. Verlo todo, sentirlo todo. En la eternidad tendremos el premio de no haber tenido horizontes".

El programa debe mucho a Rubén Darío, sin lugar a dudas el escritor que más influye en el primer Lorca. La obra de Darío había llegado como un hálito primaveral a una España donde la poesía se caracterizaba entonces por el academicismo, la insulsez y la trivialidad aburguesada. Dámaso Alonso, nacido como Lorca en 1898, ha escrito palabras luminosas sobre la revolución desencadenada por Darío:

"Siempre he creído ilustrador comparar el descubrimiento de la dulce nueva de Garcilaso para un adolescente de mediados del siglo XVI, con lo que representó para los muchachos de mi generación el descubrimiento de Rubén Darío (...) ¡Qué novedad de voz, qué extrañez de colorido, qué inaudita musicalidad, qué incógnito mundo de arte!".

Otros poetas de la generación de Lorca, entre ellos Vicente Aleixandre y Luis Cernuda, han reconocido su enorme deuda para con el nicaragüense. Les había sido imposible desoír a Rubén por mucho que más tarde reaccionasen contra sus excesos verbales y la recargada joyería de muchas de sus imágenes. De todos ellos, el más influido, el más poseído, era Lorca.

en 1917, un año después de la muerte del gran poeta, Lorca se dirige a él así:

"Rubén Darío que moriste de sensualidad, ten misericordia de mí."

el Lorca adolescente no sólo se ha impregnado de la poesía de Darío sino que ha leído con fascinación Los raros (1896). De este librito hay claras huellas en Impresiones y paisajes, sobretodo en sus apartados dedicados por Darío a Paul Verlaine y a Isidore Ducasse, autotitulado conde de Lautréamont, autor de Los cantos de Maldoror.

Lorca, al tanto de la bisexualidad de Verlaine, ha llegado por estas fechas a identificarse hasta cierto punto con el autor de Los poetas malditos y Las fiestas galantes. Lo demuestra la larga carta que dirige a finales de mayo de 1918 al poeta sevillano Adriano del Valle y Rossi, otro fervoroso de Rubén, que acaba de expresarle su admiración por Impresiones y paisajes.

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