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Creer que el cielo en un infierno cabe,
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"Las noches de septiembre son claras y frías. En una de esas noches vino al suelo la balumba de mis ilusiones (...) Septiembre tiene esas noches claras y con luna azul. Mi primer amor se desmoronó en una noche clara y fría de este mes". En otra prosa: "Canción desolada, fechado el 23 de enero y, seguramente, del mismo año. Unas líneas más abajo el poeta asegura que la separación se debió a "las espantosas conveniencias sociales". ¿Se habían opuesto los padres del poeta a que mantuviera relaciones con una chica de clase inferior a la suya? ¿Había llegado realmente a prostituirse la madre de la misma, o se trata de una lectura demasiado reduccionista del texto? Sobre la identidad de la amada no ha sido posible conseguir, hasta ahora, información alguna: nos encontramos ante uno de los infinitos enigmas de la vida de Federico García Lorca. Cuando, a mediados de 1917, surge torrencialmente la inspiración poética, no faltan ni el obsesivo tema del amor perdido- o "desmoronado"- ni la insistencia del poeta en que está hablando de lo realmente experimentado. El 30 de diciembre de 1917 compone un poema, Canción desolada, dónde apostrofa a los "poetas de la falsa lira" cuyos cantos de amor son "siempre bellos y casi ninguno desgarrador" porque no han vivido las experiencias que evocan: ¿Qué sabéis de Amor cuando cantáis
Lorca, por el contrario, alega estar inmerso en aquel mar y haber amado-y perdido- de veras. Si no puede cantar tan devastadora experiencia es porque "nuestro beso está perdido / En lejanos labios del olvido / Donde jamás tendrá su amanecer". Sin embargo, el mismo día compone otro poema en que sí recuerda desmoronado el atroz "desmoronamiento" de su felicidad. Llegado el verano de 1917 Lorca estaba enamorado, o creía estar enamorado de otra muchacha, María Luisa Egea González, hija de un acomodado labrador oriundo del pueblo de Alomartes, no lejos de la Vega de Granada, cuyo hermano, Juan de Dios Egea, era contertulio del "Rinconcillo" la tertulia de Lorca y sus amigos que se reunía en el café Alameda. María Luisa - rubia como el amor perdido del poeta, y cinco años mayor que éste - era buena pianista y muy hermosa. Los sentimientos de Lorca hacia ésta, quizá nunca declarados, le atormentaban durante su estancia de aquel julio en Burgos con el catedrático Martín Domínguez Berrueta, y aludió a ellos en varias cartas a su amigo José Fernández-Montesinos (cartas que, al parecer, no se han conservado). Por una de las respuestas de éste sabemos que Federico le había dicho que María Luisa era "fría". Fernández-Montesionos que quería saber a qué se refería el poeta con tal palabra, procuró consolarle, aunque al parecer, sin demasiado éxito. Lorenzo Martínez Fuset, otro amigo, recibió parecidas confidencias, y le rogó que aclarase las enigmáticas alusiones a la muchacha contenidas en sus cartas. ¿Quién era? Al recibir su ejemplar del primer libro del poeta Impresiones y Paisajes (1918) y ver la dedicatoria a María Luisa Egea ("Bellísima, espléndida, genial... con toda mi devoción"), no tendría ninguna duda al respecto. La "fría" María Luisa se fue pronto a vivir a Madrid, y, cabe suponer, que el no lograr entablar relación amorosa con ella (la tradición familiar confirma que Federico no fue correspondido) contribuyó a ahondar la angustia del joven, del que sea de plenitud erótica impregnaba todos estos textos. A partir de enero de 1918 se multiplican los poemas en que aparece el tema de la pérdida del primer amor, fundido con la convicción de que ya nunca será posible otro. En Romanzas con palabras, leemos: Ella era dulce y vaga y sentida,
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