Invertir en educación
Si nos creemos eso de que estamos entrando de lleno en la Sociedad
de la Información y el Conocimiento en la que capital humano será
el principal activo de las sociedades desarrolladas, lo cierto es
que tenemos una mala noticia que comentar.
Aunque aún no disponemos del informe de 440 páginas de la Organización
para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE) que agrupa a los países
más desarrollados del mundo, la lectura de los primeros datos a
través de la prensa nos indica que aunque España ha aumentado su
gasto privado y público en educación (5,53% del PIB), este gasto
ha crecido menos que el resto de la economía entre 1995 y 1998 y
sigue por debajo de la media de los otros países desarrollados (5,75%).
En el estado español, además, se produce un descenso del gasto
por estudiante, ampliándose la diferencia negativa con los otros
países.
España destaca por el desequilibrio entre niveles educativos. La
proporción de estudiantes de Educación Secundaria postobligatoria
-los bachilleratos- está por debajo y la de universitarios por encima.
Ya era conocido, pero este país es el que ha crecido más en número
de graduados universitarios. En definitiva, menos gasto en educación
y una pirámide educativa más desequilibrada.
La responsabilidad está en los gobiernos central y autonómicos,
pero también en los ciudadanos. Los datos no hablan sólo de los
presupuestos públicos. También del gasto privado.
Y no hablamos sólo de infraestructuras (campo en el que se ha avanzado
mucho) sino también de las personas que profesionalmente se dedican
a la docencia, de los materiales educativos, los recursos docentes,
los instrumentos de apoyo, etc.
Hablamos también de las carencias en la formación reglada y no
regada y en la formación continua. Y no nos olvidemos de la educación
infantil y las guarderías, la educación musical y artística, las
actividades extraescolares y un largo etcétera.
Y es que o entre todos nos tomamos en serio la importancia de invertir
en todos los niveles de enseñanza, especialmente los bachilleratos
y la formación profesional o corremos el riesgo de perder el tren
de la competitividad. Y lo peor es que podemos perderlo por donde
más duele: por culpa de no invertir suficientemente en la formación
de las personas, en la calidad de sus recursos humanos.
Enric Renau, Editor